Autoestima

Durante una década, mi relación con mi cuerpo fue de guerra constante. Me miraba al espejo y solo veía defectos: esa celulitis, esos rollitos, esas estrías. Me comparaba con imágenes editadas y me sentía insuficiente.

El punto de quiebre

Un día, mi hija de cuatro años se miró al espejo y dijo: “mamá, tengo la barriga gorda”. En ese momento, sentí que había fallado. Porque ella había aprendido a odiar su cuerpo a los cuatro años, probablemente de mirarme a mí.

Ese día decidí que algo tenía que cambiar. No por mí; por ella. Pero en el proceso, me sané a mí misma.

El camino hacia la aceptación

1. Dejar de hablar mal de mi cuerpo
No frente a mi hija, no frente a amigas, no frente a nadie. Si no lo diría de otro cuerpo, no lo digo del mío.

2. Seguir cuentas que celebran la diversidad
Dejé de seguir a influencers que me hacían sentir menos. Empecé a seguir a mujeres reales, diversas, que celebraban sus cuerpos.

3. Agradecer a mi cuerpo
En lugar de criticarlo, empecé a agradecerle. Gracias por permitirme caminar, abrazar, saborear, reír. Mi cuerpo es mi vehículo de vida, no un adorno.

4. Moverme por amor, no por castigo
Ya no hago ejercicio para “quemar” lo que comí. Hago ejercicio porque me hace sentir viva.

“Tu cuerpo no es un problema a resolver; es tu hogar. Trátalo con amor.”

El resultado

No me miro al espejo y pienso “soy perfecta”. Me miro y pienso “soy humana, soy fuerte, soy suficiente”. Y eso es mucho más poderoso que cualquier estándar de belleza.